Descripción

La relación entre el médico y su paciente se ha configurado de manera tal que, sin el primero, la existencia del segundo se compromete hasta el punto de poder morir. Se trata de una relación jerárquica pues el paciente, en particular, no es necesario para su médico. Que la relación entre ambos esté dispuesta de ese modo, de alguna manera, da cuenta de que el discurso de la medicina se ha erigido como impenetrable: el conocimiento médico, los signos en el cuerpo denominados síntomas, solo es descifrable y recifrable de manera que este ejercicio se presente “certero” y “sin fugas” por un galeno.
Ligada a esta situación, acaso producto de ella, existe un distanciamiento entre el sujeto clínico y el sujeto sobre quien se aplica, en la práctica, el discurso médico. Aquel rebasa a este. La prescripción oblitera ―así sea de manera parcial― al sujeto en tanto sujeto de diversas variables sociales y físicas, que llegan a influir determinantemente en el éxito o fracaso de una intervención. No se trata de una omisión planeada pero sí efectiva en el sentido de que tiene efectos físicos reales. Ejemplo de lo anterior son la tasa de suicidios relacionados con el uso de Roaccutan que llegó a llamar la atención del British Medicine Journal, la dinámica manera en la que se actualizan las etiquetas que contienen los medicamentos, o la relación que algunos estudios establecieron entre el autismo y el timerosal utilizado en la conservación de vacunas, los efectos paradojales y los eventos adversos (no perdamos de vista los sucesos que todavía circulan la vacunación contra el virus del papiloma humano de un grupo de personas en Carmen de Bolívar). Se trata de casos en los que la particularidad se fuga de los saberes científicos y la estadística y las consecuencias sobre los cuerpos son irreversibles.
Hay un énfasis en el resultado de la mercancía y no en la mercancía misma. Esto deriva en el desinterés que hay en el fármaco como agente dañino. Esta focalización genera que se desdibujen las inherencias del producto. Así, la administración de lo que se deja experimentar al cuerpo propio y lo que no no está siendo asumida por el paciente sino por la medicina, que, como se dijo, puede y llega a obliterar las particularidades que implican los pacientes.
Ante esta situación surge el imperativo de asumir un fuerte compromiso con la salud propia más allá de las formulaciones médicas. Implica formación, concientización, y a partir de esto, autocuidado. Esto no implica la omisión de los dictámenes médicos, pero sí un ejercicio riguroso de información. Se trata de empoderarse de la salud propia, acaso el mayor ejercicio de autocuidado.